El periodismo, esa puerta que se achica

El oficio más lindo del mundo. Que es inestable, sí; quizás precario también. Pero que nada le puede hacer sombra a la posibilidad de contar una buena historia, a la vocación de ser la voz de los que no pueden hacerse escuchar.

¿Nada? Cuando el reconocimiento brilla por su ausencia, hasta la pasión más fuerte se desgarra y se fragmenta. No alcanza con una palmada en el hombro. El dinero que recibe el periodista (cuando lo recibe) pocas veces se corresponde con el esfuerzo y el tiempo que le dedica a su trabajo. ¿Es que acaso esta profesión vale menos que las demás?

Ese parece ser el paradigma que se consolida en las redacciones de todo el mundo, donde la precarización laboral cobra cada vez más fuerza. Se piden artículos gratis, imágenes también. La recompensa: que el nombre del periodista (en el mejor de los casos, recién recibido) figure junto a su nota. Si todo sale bien, darse a conocer, sumar lectores fieles (¿todavía existen?) y, sobre todo, ganar experiencia serán los resultados de esta lamentable estrategia.

Cuando el trabajo se paga, es con monedas: monedas que muchas veces no alcanzan para el alquiler, la comida o los servicios. Entonces sucede lo esperable: el sacrificio del periodista para hacer un artículo se ajusta a lo recibirá por él. ¿Para qué trabajar 10 horas en una nota si en dos puede hacer algo que reciba el visto bueno del medio? Porque, como el lector habrá comprobado, la vara que separa lo publicable de lo no publicable se coloca cada vez más abajo.

La rapidez cobra primacía frente a la calidad, y es más importante ser quien da la primicia que constatar la información o buscar fuentes. “Digamos algo, seamos los primeros, después se corrige”, parece ser la premisa. Que no nos sorprenda entonces que nuestra credibilidad sea como un hielo que se derrite y se nos termina escabullendo de las manos.

No mandar a ningún reportero a buscar una buena historia, a la guerra o al lugar de una catástrofe parece ser otra de las banderas que enarbola este periodismo de bajo coste: alcanza con refritos, copy paste de agencias de noticias y alguna llamada telefónica. Pero que no falte nunca un representante del medio en el último partido de fútbol de la Liga o en el último escándalo de la farándula local.

Asistimos así a la consolidación de un periodismo mediocre, que se levanta sobre las espaldas de profesionales explotados. Tan explotados que el periodista David Jiménez -corresponsal del periódico El Mundo– dice, siguiendo una idea del Nobel español Camilo José Cela: “Quizá Cela tenía razón y los periodistas están destinados a ser como las putas: trabajando sin horario ni garantías, a menudo de noche, ofreciendo sus servicios al mayor número de clientes posible y soportando a los aprovechados que tratan de regatear los precios o intentan que el servicio les salga gratis, prometiendo traer dinero y respeto en una próxima visita. Solo que no vuelven o lo hacen olvidando ambos”.

Profesión de riesgo

Desde la literatura de viajes, el panorama no es más alentador. O al menos eso es lo que se desprende de los comentarios del escritor Gabi Martínez, que en una entrevista concedida al blog La línea del horizonte afirma que el presupuesto en este rubro siempre es un problema.

“Hasta ahora, a través del periodismo podía costearme más o menos los viajes; con la crisis económica, la puerta del periodismo se ha cerrado, la de las editoriales es cada vez más pequeña, y escribir sobre viajes se ha convertido en una profesión de riesgo, pero no porque pueda comerte un león… ¡sino porque puedas comerte tú una berenjena! Es una lucha diaria”, sostiene el escritor.

Así las cosas, el periodista de viajes debe tener en mente (al menos) dos consignas: la de especializarse para poder hacerse un hueco en un nicho determinado, y junto a esto, la de prepararse para repartir sus manos y su cabeza entre dos o más trabajos simultáneos si quiere sobrevivir.

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